sábado, 13 de febrero de 2010

El guiño de la Chatarra, por Agustín Calvo y Paco Nadie

Chatarra para un prólogo




Los jóvenes poetas han llegado para quedarse. Han reservado, con la rabia de quien no ha sido invitado a la fiesta hasta el último instante, sus asientos en el movimiento poético. Se sientan junto a las ventanillas, iniciando un viaje que les ha de llevar a un destino indeterminado, atravesando la vida y el paisaje. Se apresuran pero no se impacientan. Dice Alejandro en el poema que inicia este libro: Volveremos/ a la alta velocidad/ a estar de paso/ a pasar de largo, temiéndose tal vez no dejar huella y, sin embargo, dejándola en el movimiento que ha iniciado y que imprime en los poemas de El guiño de la chatarra. Porque el autor del libro que el lector tiene ahora mismo en sus manos es movimiento: vive en constante mudanza, sin llegar, aparentemente a ningún sitio, o llegando a todos los imaginables. Es así como la huella está en el transcurso: en todo lo que ocurre mientras se escribe y también mientras no se escribe; está en versos tan sugerentes, tan deslumbrantes como No olvides que/ el ojo del pez muerto/ muestra su frescura. Las contradicciones de la existencia es el bagaje para un conocimiento de la realidad.
Alejandro añade al movimiento un toque desagradable, porque lo feo se toca, -se palpa porque tiene deformaciones, se huele porque apesta-, se origina en la desesperanza de uno mismo y del entorno, y se refleja en el vidrio de la pecera cuando pegamos nuestra nariz para ver los pececillos de colores y el reflejo es nuestro aspecto desaliñado, encarcelado, y entonces nos preguntamos quién está afuera y quién adentro. A menudo, en el transcurso del viaje poético, el poeta mira por la ventana de la vida, y mira sin querer ser mirado, o mira pensándose que nadie le ve mirando. El vidrio en medio, sea el de la ventanilla de un avión, -cuando miramos hacia abajo y todo es tan minúsculo que las penínsulas parecen mapas de un juego de estrategias-, sea el de la ventana de una casa, -cuando miramos hacia los interiores, espiando tal vez quién sabe qué forma de vivir o de decorar-, o sea el de una pecera, como nos refiere Alejandro en alguno de sus poemas, en realidad lo que buscamos es un espectáculo vivo, el espectáculo de la humanidad, con sus miserias y grandezas, y en él nos buscamos a nosotros mismos.
Alejandro añade al movimiento su instinto sublime: el anhelo de la comunicación y el anhelo de la vida, de la vitalidad por lo bello. Me he gastado sin entender la vida, dice el joven poeta y a continuación remata: Conociéndome fracasé/ entendiéndote deshabito. Por un lado la vida nos acerca al conocimiento del otro, hacia ese tú al que queremos llegar, comprender y amar. Y, por otro, nos aleja hacia el arrabal, hacia los descampados donde se acumulan las basuras y los coches averiados, la deshumanización, la chatarra gloriosamente recuperada en el título de este libro. Se trata de dos movimientos completamente opuestos, que se originan en nosotros mismos y que nos obligan a mantenernos en un difícil equilibrio.
Alejandro escribe a flor de piel, a fuerza de haber visto paisajes extraños, a fuerza de haberse visto en un extrañamiento de sí mismo. Observador, apátrida, poeta sensacional. Avanza y no tiene más remedio que ir dejando atrás: quisiera retener las imágenes, pero la película debe continuar y él sigue, sigue escribiendo, acumulando experiencia, endureciendo su piel, ahora sí: dejando huella; pues escribe la vida, belleza amarga, de manera similar a como filmaba Jean Vigo. Imagino a Alejandro, con su permanencia en las esperanzas arruinadas, como uno de los alumnos de Zéro de conduite. Pero ahí está el momento de entusiasmo: entre la ficción y la realidad quedan los sueños del cine.
Tras el movimiento o la vida llega el único freno o raíz eterna: la muerte. Entonces todo es memoria, incluso si el futuro está por escribir, lo vivido enteramente es memoria de esa posibilidad inevitable; el resto es un simulacro de esa posibilidad ahora, en este instante de lectura, evitable si descartamos cualquier excitación suicida. El equipaje se perderá, las pesadillas, el sacrificio, lo gastado, hasta la poesía: La vida es poema/ en papel de servilleta (…) Así un poema de papel/ puede destrozar una vida. Lo sublime también nace en lo vulgar: en la fealdad de una servilleta de papel con el bon appétit del menú barato de medio día. Lo sublime tiene una nota de sorna, un chirrido agudo, la sabiduría de lo que ha sido usado, gastado, vivido y desechado, de lo que ya no es aparentemente útil, de lo oxidado y olvidado en un cementerio de electrodomésticos, pero que sobrevive en lo escondido, en las sombras, y se presenta ante nosotros con una sonrisa de inteligencia inagotable: un guiño. La chatarra es todo el hambre de conocimiento que el poeta acumula y que derrocha alegremente en los versos de este libro.
Al fin, desmitificar la escritura como socorrido vertedero de escombros e intimidad. Al fin Existe, aunque nada/ sea lo que parece.
Alejandro Simón Partal ha llegado a la buena poesía y esta vez se queda. Aquí están sus poemas para demostrarlo.


Agustín Calvo Galán
Cal Jep, Enero 2010






(Fotografía: Paco Nadie)
Kodak isomatic de los 60.




Gracias a los maestros Agustín y Paco por sus tendidos electricos.

1 comentario:

Irma Dudintsev dijo...

Precioso prólogo, dan gana de abrazar la chatarra. enhorabuena